Cuba sin Fidel | SapiensBox

A un año sin Fidel, Cuba parece palpitar a un ritmo melancólico.

Aquella noche del 25 de noviembre de 2016 en la Habana se daría a conocer la muerte de quien puso a Cuba en el tablero internacional en otra noche del 25 de noviembre, pero de 1956, cuando desde Tuxpan, Veracruz, un grupo de rebeldes zarparían de forma clandestina para hacer una revolución.

Después de derrocar al régimen de Batista en 1959, Fidel Castro se convertiría en su “líder máximo”, establecería un gobierno de inspiración comunista, estatista y centralizado, que marcaría el destino de la isla hasta nuestros días. Decidiría cada detalle, desde el color del uniforme que los soldados cubanos vestirían en Angola hasta la supervisión de un programa para criar una superrraza de vacas lecheras.

La vida cotidiana durante el régimen castrista, como en cualquier otro Estado socialista, era una vida sumergida en el paternalismo, en una deuda de gratitud que los cubanos tenían por la educación, la salud, el alimento y el bienestar general recibido por parte del gobierno, de ahí que el Estado cubano gozara por muchos años de un alto apoyo popular, sin el que hubiera sido insostenible cualquier revolución por más de 50 años.

Luego de la disolución de la URSS, Cuba se vio en el espejo de su realidad, y sin el subsidio soviético, el régimen cubano entró en una profunda crisis económica que continua hasta hoy.

A medida que la provisión estatal de alimentos, medicinas y empleos se debilitaba, aparecían formas alternativas de ganarse la vida en la isla. El robo de recursos del Estado, la búsqueda de trabajo en el sector turístico y los “matrimonios” con extranjeros fueron algunas de las vías por las que algunos cubanos lograron -en mayor o menor medida- salir de la pobreza.

Mientras la crisis económica se agudizaba, aumentaba el descontento popular. Para 2008, Fidel Castro cedió el gobierno a su hermano Raúl, un personaje al que Fidel le fabricó una biografía para convertirlo en su escudero. Raúl Castro no se distinguía propiamente por su carisma, sus lecturas o por su capacidad de llevar a buen puerto el experimento de la Revolución, su única virtud parecía ser la que los paranoicos valoran por encima de todas: la lealtad.

Raúl Castro fue un continuador más que un reformador de la Revolución, sin embargo, implementó una serie de cambios graduales que evitaron la implosión dentro del sistema y lo alejaron del estigma de líder de mano dura. Empujó el restablecimiento de relaciones con EE.UU., su antagonista durante la época más dura de la Revolución, autorizó a los cubanos salir legalmente de la isla hasta por dos años y permitió a sus ciudadanos emplearse en el sector privado.

Mientras tanto, Fidel se resignó a ser consejero de su hermano en asuntos de gobierno. Durante muchos años corrió el rumor de su muerte, hasta que el mismo Castro lo desmentía colgando en el Gramna -el periódico oficialista cubano- alguna fotografía suya recibiendo a distintas personalidades en su casa en la Habana.

El día de su muerte, Cuba recibió la noticia con incredulidad, alguien que había transformado radicalmente la vida de tantas personas no podía morir así de pronto, pero con el susurro de la noche llegaba también la hora final. Después de un año sin Fidel, Cuba parece palpitar a un ritmo melancólico, entre el recuerdo de los años gloriosos de la Revolución y la inquietud de una Cuba sin la dinastía de los Castro.

Hoy en día quedan muy pocos entusiastas del sistema, pero se mantiene la excepcionalidad cubana en los relatos de la gente, en los que se enfatizan tanto los placeres como las molestias de vivir en una sociedad comunista, que no se resigna a morir.