El éxito de los malvados | SapiensBox

Al parecer, las personas más exitosas son las menos empáticas.

Dice un célebre aforismo de la patrología que “todo rico es un ladrón o hijo de un ladrón”. Por supuesto, la frase no quiere decir que necesariamente todas las personas que amasan fortunas lo hayan hecho con base en alguna forma de hurto, sino que apunta a una realidad más compleja: cualquiera que acumula bienes para sí, lo hace en detrimento de los demás, que son excluidos de esos bienes, y para poder hacer eso, hace falta tener una dosis extra de egoísmo.

Seguramente, todos hemos conocido personas que obtienen el éxito económico o profesional a fuerza de anteponer sus propios intereses y deseos a los de otras personas, ya sean compañeros de trabajo, amistades o hasta familiares.

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No me refiero necesariamente a delincuentes de cuello blanco o capos del crimen organizado; pienso más bien en ese gerente que hace una presentación frente al director general, invisibilizando el trabajo de sus subordinados para adjudicarse todo el crédito; o en ese pariente abusivo que, después de la muerte de los abuelos, se apropia de la mayor parte de la herencia; o en aquella expareja que en el fragor del divorcio es capaz de dejar de trabajar, esconder ingresos o directamente mentir con tal de recibir más o pagar menos de lo que la justicia exigiría. Todos son casos de personas con bajos niveles de empatía.

Y, efectivamente, diversos estudios en la materia parecen apuntar a una relación inversamente proporcional entre la clase social y la capacidad para mostrar empatía o compasión.

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De acuerdo con el artículo, Social Class, Contextualism, and Empathic Accuracy, las personas que provienen de un estatus social elevado, y que tienen mayores niveles educativos y de ingreso, son menos capaces de identificar e interpretar las emociones de otros; mientras que las personas de clases más bajas muestran mayor capacidad empática y son capaces de hacer mejores inferencias sobre las emociones ajenas. De acuerdo con sus autores, Michael Kraus, Stéphane Côté y Dacher Keltner, la explicación de este fenómeno tiene que ver con que las personas de clase baja están más acostumbradas a explicar los eventos que los rodean en función de factores externos a sí mismos.

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A partir de ese descubrimiento, los mismos investigadores publicaron un estudio posterior, Social Class Rank, Essentialism, and Punitive Judgment, en el que encontraron una relación entre la clase social de las personas y su tendencia a asumir creencias esencialistas, es decir, sistemas de pensamiento que explican la realidad social a partir de características inherentes, por ejemplo, la genética, la raza o las diferencias biológicas. Encontraron que las personas en posiciones sociales privilegiadas tienden a creer más fácilmente que el mundo es justo tal como es, y son más propicias a asumir que la explicación de su posición social está dada por sus propias características personales, es decir, creen que son más inteligentes, o que tienen un carácter más fuerte o mejores instintos.

De ahí que haya gente que opine que para alcanzar objetivos ambiciosos es necesario conducirse de forma egoísta o incluso abusiva con los demás. Y no sólo eso, sino incluso, quienes piensen que al dar ese tipo de maltrato a las personas les ayudan a superarse.

Posiblemente sea esa convicción de automerecimiento, la que explica que en Having Less, Giving More: The Influence of Social Class on Prosocial Behavior, los investigadores hayan descubierto que, contrario a lo que se pudiera pensar, las personas de clase alta son menos proclives a apoyar iniciativas caritativas o a aportar recursos en solidaridad con los menos favorecidos.

Por lo tanto, es posible que algunos individuos con una mezcla de egoísmo, alta autoestima y poca capacidad para ponerse en los zapatos del otro puedan transformar esas características en éxito económico o profesional y que, una vez que lo obtienen, lo consideren una evidencia de que tenían razón, con lo que ese grupo de ideas se refuerza. El problema es que esa estructura ideológica tiende a invisibilizar que, en realidad, el éxito es resultado de muchos otros factores, además de las características específicas de las personas y, más aún que, aunque el egoísmo pueda producir algunos frutos materiales, afecta la inteligencia emocional, necesaria para tener éxito en otros ámbitos, como el de las relaciones interpersonales.