Política

El problema de ser “políticamente correctos”

Las últimas generaciones hemos sido testigos de cómo en el lenguaje cotidiano, ciertas expresiones que antes parecían aceptables o por lo menos inocuas se han convertido en auténticas majaderías, que acarrean desde la reprobación social hasta consecuencias laborales, administrativas o incluso penales.

Esa es la razón por la que, en mayor o menor medida, casi todos los países occidentales han desarrollado nuevos códigos de comunicación y conducta, para ir determinando progresivamente lo que se considera inapropiado o “políticamente incorrecto”.

Hay un aspecto muy positivo en este fenómeno: la toma de conciencia acerca de que el lenguaje no es inocente y nuestras expresiones, incluso sin tener ese propósito, pueden herir y excluir injustamente a otras personas.

Hay que reconocer que la obsesión por la corrección política también tiene sus bemoles, y puede estar empezando a producir resultados no sólo indeseables, sino absolutamente contraproducentes

Una mayor sensibilidad hacia la diversidad, las inequidades sociales y los prejuicios culturales debería ayudarnos a trascender el ámbito puramente lingüístico y empujarnos no sólo a cuidar lo que decimos, sino –sobre todo– lo que hacemos. Modificar el lenguaje es una parte de eso, pero está en el nivel más superficial. Sin embargo, no deja de tener su importancia, pues si “la boca habla de lo que hay en el corazón, tal vez a fuerza de cuidar lo que decimos, también comencemos cuestionarnos lo que pensamos y sentimos acerca de las circunstancias de injusticia y exclusión que nos rodean.

Pero hay que reconocer que la obsesión por la corrección política también tiene sus bemoles, y puede estar empezando a producir resultados no sólo indeseables, sino absolutamente contraproducentes. El mismo concepto de lo que es “políticamente” correcto nos ubica en el ámbito de lo público, de lo que se puede o no se puede expresar fuera de nuestra intimidad, lo que en el fondo implica una disociación entre lo que decimos y lo que pensamos; como si pudiéramos seguir pensando de modo excluyente y prejuicioso, siempre que respetemos unos ciertos códigos de comunicación en nuestra vida social.

Una división de este tipo siempre termina por generar tensiones internas; y en la medida que mucha gente experimente esas incomodidades, es normal que comiencen a surgir exabruptos.

Cada vez es más común escuchar la queja de personas que sienten que “ya no se puede decir nada” sin que alguien se ofenda, o que puedan incluso experimentar temor y preocupación por no dominar el lenguaje inclusivo y políticamente correcto.

Más allá de si esas personas son o no razonables, y de si sus quejas son legítimas o no, hay que reconocer que si mucha gente las comparte es esperable que reaccionen y las reacciones pueden ser mucho peores que lo que se intentaba combatir.

El ejemplo claro es lo que ha pasado en Estados Unidos con el presidente Trump. Muchos de sus votantes pertenecen a la parte de la sociedad norteamericana que no ha desarrollado una sensibilidad más abierta a la diversidad y que no se considera corresponsable de las injusticias que experimentan las distintas minorías. De ahí que el propio Trump se ha convertido en un campeón de la “incorrección política”, y sus bases le han respondido bien.

Casi cualquier otro político en la historia reciente de los Estados Unidos que hubiera dicho la mitad de las cosas insultantes e insensibles que ha dicho el actual ocupante de la Casa Blanca hubiera tenido que pagar costos políticos altísimos o incluso habría visto desmoronarse su carrera.

Pero el ambiente de hartazgo con lo políticamente correcto ha creado un monstruo que puede decir lo que se le dé la gana sin ninguna consecuencia, y que, de un modo u otro, da a otros como él una suerte de patente de corso para desatar sus impulsos racistas, homófobos, misóginos o xenófobos, que habían ido conteniéndose como en una olla de presión que finalmente ha explotado.

Es por eso que, sin demeritar los esfuerzos por la construcción de un lenguaje libre de odio y exclusión, también debe advertirse que concentrar demasiado la atención social en esos esfuerzos hasta establecer una especie de vigilancia de lo políticamente correcto, puede no ser la mejor manera de obtener los resultados que se buscan, pues los prejuicios y las creencias demasiado acendradas no cambian simplemente ajustando el discurso público.

Una opinión en “El problema de ser “políticamente correctos”

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