El problema del consentimiento sexual | SapiensBox

Deberíamos dejar de "convencer" a otras personas para tener sexo.

Imagina esta escena: un hombre acude al cajero automático para retirar algo de efectivo y, mientras está ahí, se le acerca otra persona, le pone algo filoso en la espalda y le pide que le entregue todo su dinero.

El hombre (que conoce la situación de inseguridad del país), sin tener que cerciorarse del objeto con el que lo están amenazando, ni pensar en defenderse, decide entregar el dinero para evitar una tragedia mayor. ¿Dirías que ese hombre en el fondo quería darle su dinero al asaltante? ¿O que el asalto fue en parte su culpa por no haber tomado otras precauciones? ¿O que el asaltante lo único que hizo fue convencerlo de que le entregara su dinero? Si respondes que no, entonces, ¿por qué en los casos de acoso, abuso y violencia sexual, la sociedad tiene una postura tan distinta con las víctimas?

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La cultura occidental actual –secularizada, posmoderna, líquida y relativista– ha logrado reducir prácticamente todas sus antiguas exigencias morales sobre el sexo a una sola: el consentimiento.

¿Por qué en los casos de acoso, abuso y violencia sexual, la sociedad tiene una postura tan distinta con las víctimas?

Para la conciencia de nuestro tiempo, casi cualquier práctica sexual entre adultos es respetable, siempre y cuando las partes involucradas estén perfectamente de acuerdo en participar, de principio a fin, en cada acto sexual en el que se involucren.

Sin embargo, conforme la sexualidad ha ido perdiendo su carácter de tabú, han emergido realidades antes invisibilizadas, que revelan cómo el consentimiento no es ni tan bien comprendido ni tan respetado como sería necesario para que todos los miembros de la sociedad (en particular, las mujeres) ejerzan una sexualidad auténticamente libre; lo que nos obliga a tomar conciencia sobre las condiciones en las que nos relacionamos con otras personas y a emprender cambios sobre ese esquema, para garantizar un ambiente de respeto a los derechos y la dignidad de todos.

El consentimiento supone un encuentro de voluntades coincidentes; implica que dos o más personas compartan un mismo deseo y estén de acuerdo en realizarlo en común, a través de medios previamente acordados.

Pero la dinámica tradicional –digamos, heteropatriarcal– de relación de pareja, según los cánones del amor romántico, se basa no en el consentimiento, sino en el convencimiento.

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A poco que se analice, es evidente que todo el esquema de conquista de las relaciones románticas tradicionales implica un ejercicio de manipulación o de violencia, porque parte de la idea de que la voluntad de las mujeres debe ser modificada para se ajuste al deseo de los hombres.

Puesto de forma muy simplificada, según dicho esquema, las mujeres son el objeto del deseo sexual masculino, y según el grado de deseo que inspiren (dependiente de su belleza física, personalidad u otros atributos construidos socialmente como deseables) tienen, a su vez, la posibilidad de elegir al hombre que les parezca mejor (también según atributos construidos a nivel social, como el éxito económico y profesional, el prestigio y también el atractivo físico).

Como puede advertirse, ese arreglo social –que tiene al deseo masculino como motor– propicia (entre muchas otras cosas) que el único instrumento al alcance de las mujeres para hacer valer su voluntad frente a los hombres sea rechazar al pretendiente no deseado.

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Derivado de lo anterior, se asume que cualquier mujer tiene de entrada la puerta más o menos cerrada frente a los avances de una pareja potencial, y que debe ser convencida de abrir esa puerta. Los hombres son socializados desde muy jóvenes para operar en función de ese esquema y, por lo tanto, su entrenamiento para la búsqueda de pareja se centra en prepararlos, primero, para relativizar el rechazo (aquél famoso “el ‘no’ ya lo tienes”) y, luego, para tratar de evadirlo o de modificar el rechazo por aceptación. De ahí que características como el desapego emocional, la autoconfianza (o por lo menos la apariencia de tal), la perseverancia y hasta la promiscuidad se hayan desarrollado como herramientas para que los hombres lidien con el rol que se les ha asignado.

El gran problema es que esa forma de entender la mecánica de las relaciones entre hombres y mujeres genera un sistema en el que el acoso es el principal instrumento de comunicación del deseo masculino, y el rechazo explícito y reiterado, el único mecanismo de defensa femenino; y eso sin tomar en cuenta a esos hombres que no aceptan un no por respuesta, o que están convencidos de que cualquier no esconde en realidad un sí potencial.

Las mujeres de nuestra sociedad aún son puestas en una situación en la que, por un lado, deben soportar con paciencia el asedio, y por otro, deben ocuparse activamente de ponerse a salvo

Por eso, cuando en medio de la sociedad surgen casos de acoso, abuso y violación, que ponen de manifiesto los aspectos más torcidos de este sistema sexogenérico de relaciones, la primera reacción de muchas personas es cuestionar a la víctima, asumir que su rechazo no fue suficientemente claro y que, por lo tanto, en el fondo había algún resquicio de consentimiento, y eso es todo lo que se necesita.

Las mujeres de nuestra sociedad aún son puestas en una situación en la que, por un lado, deben soportar con paciencia el asedio, y por otro, deben ocuparse activamente de ponerse a salvo de quienes las asedian; mientras que los hombres disfrutan plenamente del beneficio de la duda: “no leo el pensamiento”, “¿cómo iba yo a saber que ella no quería?”, “¿por qué no simplemente se fue, si no quería?”, “ella sabía a qué venía”.

Para colmo, cada vez que –sobre todo desde los estudios de género y los distintos feminismos– se plantea la necesidad de cambiar la situación y modificar la forma en que nos relacionamos, la respuesta de una buena parte de la sociedad es que las feministas buscan destruir el romance. Sin darse de cuenta que, si el romance se reduce a una cultura de violación, tal vez merece ser destruido, y que eso no supone de ningún modo acabar con las cosas buenas de la vida, como encontrarse con otras personas, compartir tiempo, intereses, proyectos y también placeres con ellas.

El verdadero consentimiento implica libertad, y esa libertad ni siquiera se reduce al respeto del rechazo (que no deja de ser un buen punto de partida: “no es no”), sino que requiere alcanzar un punto en el que todos los deseos –tanto masculinos como femeninos– se puedan expresar sin violentar a nadie (sólo sí es sí).