¡El suelo es lava! | SapiensBox

Vivimos en un planeta cuyo subsuelo es líquido y caliente. Los volcanes se encargan de recordárnoslo.

Algunos niños se divierten –en momentos en los que no cuentan con tablets o formas más sofisticadas de entretenimiento– con un juego muy simple que consiste en gritar de repente, “¡el suelo es lava!”; inmediatamente después, todos los que estén a su alrededor deben subirse a lo que sea que puedan, porque si tocan el suelo, se queman.

En lo que los niños no reparan es en que, de hecho, a unos pocos kilómetros del suelo que pisan, verdaderamente se encuentran inmensos mares de minerales parcialmente licuados a temperaturas tan altas que ninguna silla en la que pudieran subirse los salvaría de una muerte horrenda y dolorosa.

Es fácil que olvidemos, la mayor parte del tiempo, que la porción del planeta en la que habitan todas las formas de vida conocida no es más que una delgada corteza que flota sobre magma. Las dantescas descripciones de un infierno en el que las llamas atormentan a quienes caen ahí y los ríos de azufre fluyen a diestra y siniestra palidecen frente a la oscura y abrasadora realidad que se esconde en el manto de la tierra.

A poco que se considere con detenimiento, resulta difícil de creer que la vida haya podido florecer en un espacio tan improbable como la superficie terrestre. Algunos fenómenos, tan terribles como portentosos, se encargan de recordárnoslo recurrentemente.

Por ejemplo, los terremotos son resultado de los reacomodos de las enormes placas sólidas sobre las que se asienta nuestro mundo, que a su vez no están fijas, sino que nadan, se desgastan y chocan constantemente sobre el candente fluido debajo de ellas. Cualquiera que haya tenido que transportar una hoya con sopa caliente, aún si lleva una tapa, sabrá que cualquier movimiento puede resultar en un desastre monumental; imagínese lo que sería que esa hoya, pero con un radio de 6 mil 371 km, estuviera girando a 29 kilómetros por segundo. Es obvio que la nata de la superficie se movería, y mucho.

Sin embargo, el recordatorio más patente de que nuestro mundo es un enorme contenedor de magma son los volcanes, esas válvulas que de vez en cuando liberan la presión que se acumula en el subsuelo de nuestros frágiles basamentos.

Actualmente hay en el mundo 33 volcanes plenamente activos, uno de ellos –el Popocatépetl– en México. Esos colosos de fuego son, en realidad, la única ventana que tenemos hacia el manto terrestre; nos han permitido conocer un poco más acerca de la conformación y temperatura del magma que al salir a la superficie llamamos lava, a la que de otro modo sólo podríamos acceder a través de las rocas ígneas, que son formaciones de lava fría y endurecida. Las erupciones volcánicas nos permiten saber, por ejemplo, que puede ser hasta 100 mil 000 veces más viscosa que el agua o que sus temperaturas oscilan –en promedio– entre los 700ºC y los 1,200ºC.

Hay distintos tipos de lava, tanto por su composición química como por el tipo de erupción por la que llegan a la superficie, pero en todo caso, no deja de ser sorprendente considerar que esa roca fundida es lo que está bajo nuestros pies en todo momento. Quizá es mejor que los niños jueguen tranquilos, mientras que la lava sigue fluyendo de manera más o menos estable y formando también muchas veces el suelo, que en ciertas zonas es –efectivamente– lava.