En busca de la inmortalidad | SapiensBox

¿Te gustaría vivir por siempre?

Desde que los humanos se dieron cuenta de que tenían fecha de caducidad han tratado de evadirla a toda costa. Mientras que muchas culturas y religiones han elaborado sistemas de creencias que alimentan la esperanza acerca de una vida después de la muerte, para otros, la promesa de una existencia eterna —espiritual— no vale, sino que buscan continuar viviendo en este mundo por siempre.

Alquimia, yo te elijo

La primera historia escrita de la humanidad justamente se trata del heroico periplo de su personaje principal en busca del secreto de la inmortalidad… y de su cómo fracasa estrepitosamente (ups, spoiler, lo siento).

Así que las civilizaciones antiguas consideraron que la inmortalidad debía ser un privilegio exclusivo de los dioses; para explicarlo desarrollaron distintas teorías: los dioses griegos, por ejemplo, tenían la ambrosía, un manjar que los hacía inmortales; las deidades indias bebían el Soma, un líquido más rico que la Coca-Cola que no te causaba diabetes, te hacía inmortal y del cual había receta… pero se perdió; y los antiguos hebreos pensaron que en el jardín del Edén se encontraba el “árbol de la vida”, el cual concedía la inmortalidad a quien comiera de su frutos, pero por culpa de Adán y Eva, el jardín se cerró.

El punto es que los «magos» –que en la antigüedad ejercían de médicos, adivinos, científicos y lo que hiciera falta– se vieron obligados a, digamos… improvisar con lo que tenían a la mano y es aquí donde entra la alquimia, la precursora de la química moderna, encargada de obtener el precioso elixir de la inmortalidad.

Los alquimistas usaban sustancias que ellos consideraban ideales para extender la vida infinitamente, y se las daban al jefe en turno, llámese emperador, rey, señor feudal, etc.

Muchos, en lugar de extender la vida provocaban la muerte por los ingredientes que tales brebajes contenían, ¿te apetece un preparado de jade con cinabrio (un mineral del cual se extrae el mercurio, tiene un color rojo brillante) y un toque de oro? Salud 🍷

El mercurio es muy popular en los preparados alquímicos, asegúrate de tener suficiente para tu próxima receta del elíxir de la inmortalidad.

Los emperadores chinos encargaron a sus alquimistas a «ir a buscar» el elíxir —así nomás— y gastaron fortunas en esas búsquedas infructuosas. Además, los alquimistas chinos eran los más grandes fans del mercurio y envenenaron a varios de sus patrones con «pociones de la vida».

Harry Potter Nicolás Flamel y la Piedra Filosofal

La meta de todo alquimista medieval era lograr la creación de la «La Piedra Filosofal», «La Fruta Prohibida», «La Piedra de la Sabiduría», «La Medicina Universal», un material o sustancia que aparte de convertir plomo en oro, otorga la inmortalidad a quien la posee.

La idea de la Piedra Filosofal viene de los griegos y sus teorías de los cuatro elementos. De acuerdo con el Timeo de Platón, la tierra, el aire, el fuego y el agua derivaban de la «prima materia». La Prima Materia es considerada como el caos, el origen de todo, y es la pieza clave para lograr la Piedra Filosofal, ésta podía obtenerse a través de un delicado balance de los elementos antes mencionados.

Existe una copia de la receta de la Piedra Filosofal escrita por el mismísimo Isaac Newton.

Aquí encontramos a un personaje que seguro muchos conocen por la saga de Harry Potter: Nicolás Flamel. El señor Flamel, se dice, es el único en haber logrado obtener «La Obra Magna». Según sus descripciones, tal sustancia estaba hecha de polvo rojo (¿libre de mercurio?), oro líquido y semillas doradas. Cuenta la leyenda que Flamel sigue vivo…

Alquimistas modernos

Como las recetas de los elíxires se han perdido o están muy bien guardadas, la humanidad ha tenido que arreglárselas con la muerte y le ha ido ganando terreno, poco a poco. Nuestra esperanza de vida es muchísimo mayor a la de aquellos emperadores chinos gracias a nuestra medicina (no tan tóxica como el mercurio, pero con algunas secuelas).

La ciencia ha avanzado tanto que (tal vez) será posible descargar nuestras conciencias e integrarlas a un cuerpo robot o ciborg, con el que podamos seguir «viviendo», otros piensan en tener un cuerpo de repuesto —un clon listo para usar, al que se le descargaría un respaldo de la mente del propietario— y continuar con su vida sin más.

Hay muchos métodos de preservación experimentales para «resucitarte» en otra época, cuando la ciencia haya avanzado lo suficiente como para hacer lo que dijimos arriba, o, por lo menos, devolverte la salud y permanecer vivo de forma indefinida, el caso es que no nos hemos dado por vencidos en la búsqueda.

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Todo lo que tiene un inicio tiene un fin

Nuestra fecha de caducidad está escrita en nuestro cuerpo, el límite de Hayflick establece un número máximo de divisiones celulares, dado que los telómeros –unas estructuras que protegen los cromosomas– se acortan cada vez que una célula se divide; cuando el telómero es muy corto y ya no puede cumplir con su función protectora, la célula muere.

Existe una enzima llamada telomerasa, la cual puede extender la longitud de los telómeros y así prevenir la muerte celular y, por lo tanto, el envejecimiento. ¿Será que el elixir de la vida eterna estuvo siempre dentro de nosotros?

A fin de cuentas, la naturaleza tiene razones para hacer que los organismos vivos tengan que morir, es preciso que las generaciones viejas, con genes que no contienen las adaptaciones a su entorno, mueran para dar paso a la generación mejor adaptada.

Por lo tanto, la búsqueda de la inmortalidad tiene que ver más con una cuestión de ego/materialismo, que con una función práctica: lo mejor es que los viejos mueran para que los jóvenes puedan vivir.

Como dice la epopeya de Gilgamesh: «la inmortalidad pertenece únicamente a los dioses y es su patrimonio…»