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Eterna adolescencia

Según un artículo publicado en The Lancet Child & Adolescent Health, los adultos jóvenes continúan su educación por más tiempo y han retrasado el matrimonio y la paternidad, lo que ha redefinido la percepción de cuándo comienza la edad adulta.

Los cambios sociales y biológicos han prolongado la adolescencia del tiempo tradicional –entre los 10 y los 19 años– hasta los 24. Como todo en el mundo, este fenómeno supone consecuencias positivas, pero también algunas indeseables.

¿Qué dice la ciencia?

La pubertad solía ocurrir a los 14 años, pero ahora se da antes de los 10, debido a las mejoras en salud y nutrición de la mayor parte del mundo desarrollado.

Según el resumen del estudio, no sólo la pubertad comienza a una menor edad, sino que también el periodo de crecimiento físico se ha extendido, hasta pasados los 20 años.

Al mismo tiempo, el retraso de procesos de cambio, como la incorporación al mercado laboral, el matrimonio y la paternidad, cambian la percepción del momento en el que comienza la edad adulta.

Según datos del INEGI, en México los hombres se casan en promedio a los 29.4 años; mientras que las mujeres lo hacen a los 26.6 años. Lo cual es curioso, porque la edad promedio a la que los jóvenes mexicanos dejan la casa de sus padres es a los 28 años, según un estudio de Dada Room.

El problema de ser un adultescente

El periodo de transición entre la niñez y la edad adulta ocupa ahora una mayor proporción de la vida de una persona promedio, una definición expandida y más incluyente de la adolescencia es fundamental para crear leyes, políticas sociales y sistemas de servicios más apropiados al nivel de desarrollo.

Según especialistas de la Universidad de Kent, los niños y adolescentes son moldeados por las expectativas de la sociedad más que por su propio crecimiento biológico.

El problema es que el desfase entre expectativas y realidad puede generar disfunciones en el desarrollo. Por ejemplo, no hay nada infantil en la experiencia de estudiar una carrera universitaria a los 20 años, con lo que ello supone en términos de independencia personal, interacción socioafectiva, ejercicio de la sexualidad y libertad de movimiento; sin embargo, si ese proceso no se acompaña de mayores responsabilidades, capacidad de autosustento económico y de gestión de la vida cotidiana, se produce no sólo frustración en el individuo sino una posible incapacidad para dar el siguiente paso.

Sea cual sea la respuesta, la capacidad de procesar los fracasos, manejar riesgos, entender las consecuencias de nuestras acciones y cuando culpar a nuestros padres por nuestros traumas, puede tomar una eternidad en aprenderse.

Este entrenamiento comienza con situaciones retadoras, un sentido de agencia propio, ingresos y más que todo, independencia. Sin todo esto, tanto para jóvenes como para padres, se vuelve mucho más difícil aprender a crecer.

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