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Muchas millennials no son ni serán nunca mamás: ¿nos alarmamos?

Casi todos dijimos en algún momento de nuestra vida: “yo no quiero tener hijos”. Normalmente es durante la pubertad o la adolescencia cuando nos animamos a hacer ese tipo de proféticas declaraciones, y también normalmente los adultos a nuestro alrededor –padres, profesores o parientes– nos escucharon con actitud condescendiente y pensaron: “eso dices ahora, pero ya cambiarás de opinión”.

Sin embargo, con los años los millennials –quienes nacimos en los años 80 y 90– nos hemos mantenido relativamente firmes en la convicción de no reproducirnos.

Evasión de responsabilidades, personalidades egoístas, inmadurez… ¿o falta de estabilidad financiera?

Si se comparan las cifras del INEGI desde el año 2000 hasta la fecha (más o menos el periodo en el que los millennials hemos estado en el periodo típico de reproducción), lo que se ve es que la tasa de nacimientos ha ido cayendo, de manera incluso más notable después del 2010, hasta registrar medio millón de nacimientos anuales menos que a principios de este siglo.

Y la situación no es exclusiva de México. En España 25% de la población nacida entre 1980 y el año 2000 está renunciando a la posibilidad de tener hijos. En EEUU la situación es muy similar a la mexicana, con un descenso casi idéntico en las tasas de natalidad.

Desde luego, el fenómeno puede atribuirse a un montón de factores, desde los sociales hasta los psicológicos. Siempre podemos decir que la generación millennial está menos preparada para asumir responsabilidades, que hemos optado por estilos de vida más egoístas o que no hemos logrado madurar como las generaciones previas. Pero la verdad es que el factor determinante está claro para casi todos los millennials: la falta de estabilidad financiera.

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En nuestro país la edad promedio a la que se independizan los jóvenes es a los 28 años y, aun así, para poder dejar la casa familiar un joven debe destinar casi la mitad de sus ingresos tan solo a la renta de vivienda. De modo que, entre servicios, alimentos y pago de deudas, prácticamente no queda nada para ahorrar o para contribuir al mantenimiento de otra persona.

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En un ejercicio de imaginación, supongamos que al millennial común y corriente le tome otros 10 años crecer profesionalmente lo suficiente para superar la precaria situación antes descrita, por lo que se estaría acercando peligrosamente a los 40 años de edad. Si hasta ese momento se planteara comenzar a hacer una vida en pareja, de aquí a que conoce a alguien, establece una relación más o menos estable y se van a vivir juntos o se casan, les quedará una ventana de oportunidad bastante estrecha para poder tener hijos –además de poca energía y cada vez menos paciencia.

Siempre se pueden reducir tiempos si la vida en pareja se empieza antes y ambos tienen un trabajo remunerado, pues eso les permitiría potenciar el doble ingreso para avanzar un poco más rápido en los procesos de estabilización financiera, pero incluso así, otras aspiraciones típicas de nuestra generación como viajar, tener un trabajo que satisfaga necesidades personales más allá de las económicas y mantener un estilo de vida más libre que el de nuestros padres y abuelos, exigen un tiempo nada desdeñable.

Las profecías se han vuelto realidad: muchos no seremos nunca papá o mamá de nadie.

Habrá quienes piensen que el problema afecta sobre todo a las mujeres (por aquello del “reloj biológico”), y algo de razón hay en ello, pues una de las explicaciones para el descenso en la tasa de natalidad es que, afortunadamente, las mujeres jóvenes tienen más oportunidades de desarrollo profesional e inserción en el mercado laboral que sus predecesoras de generaciones anteriores, y por lo tanto posponen o definitivamente excluyen la posibilidad de ser mamás.

Sin embargo, quizá algunos hombres millennial coincidan conmigo en que, pensando en la reproducción, los hombres también tenemos una especie de reloj biológico que no está relacionado con la fertilidad, pero sí con la mortalidad. Si nos aventuramos a tener un hijo o hija después de los 40, lo más seguro es que tendremos que preocuparnos mucho más por el tiempo que nos quede para trabajar y vivir antes de dejar al retoño a su suerte en este mundo cruel. Tan sólo si las tendencias siguieran la tendencia actual, necesitaríamos seguir manteniendo a nuestros hijos hasta que tengamos alrededor de 70 años.

Con todos esos elementos en cuenta, y considerando que los millennials ya no somos unos niños, sino que estamos envejeciendo más rápido de lo que pensábamos, tal vez va siendo tiempo de asumir que las profecías se han vuelto realidad: muchos de nosotros no seremos nunca papá o mamá de nadie. Eso no tiene por qué ser un drama, y supongo que la mayoría de los que nos encontremos en esa situación lo estaremos como parte de una decisión más o menos madura y responsable.

Lo que sí es cierto es que esa decisión tendrá implicaciones económicas y sociales, especialmente graves cuando lleguemos a la vejez y no contemos con una generación de recambio para apoyarnos. Así que no podemos asumir que por no tener hijos ya no tenemos nada de qué preocuparnos. En el fondo, la decisión de no reproducirnos nos empuja a convertirnos en nuestros propios hijos. Si tenemos que esforzarnos y preocuparnos por la vida de alguien, si tenemos que cuidar a alguien, si tenemos que pensar en el futuro de alguien… ese alguien somos nosotros mismos.