La conspiración detrás de la renuncia de Benedicto XVI | SapiensBox

El 28 de febrero de 2013, Joseph Ratzinger –mejor conocido como Benedicto XVI– dejó de ser el Papa.

La gran novedad de ese momento es que dejó el sumo pontificado de la Iglesia Católica por voluntad propia, una situación que no se había dado desde el Cisma de Occidente, en 1417, cuando el Papa Gregorio XII renunció voluntariamente para no ser depuesto por el Concilio de Constanza.

En el anuncio de su renuncia, pronunciado solemne e intempestivamente, el entonces Papa dio una explicación vinculada con su falta de fuerzas para continuar con las exigencias de su ministerio, pero desde el principio se generó una suspicacia muy extendida sobre las razones verdaderas de la renuncia. La primera sobre la que los vaticanistas especulaban tenía que ver directamente con las intrigas, inmoralidades e ineficiencias del gobierno eclesiástico.

Ciertamente, la Iglesia no atravesaba su mejor momento: lacerada por el escándalo de los abusos sexuales; dividida por grupos minoritarios –pero beligerantes– que desde el integrismo y desde el progresismo libran una guerra interna que no acaba de resolverse; humillada por las negligencias, ineptitudes y ambiciones de tantos de sus ministros; y abandonada o rechazada por muchos de sus miembros. En un escenario así, es lógico que hasta un hombre más joven y sano que Benedicto XVI pudiera sentir que sus fuerzas eran insuficientes.

Pero incluso en ese contexto, un acontecimiento del calado de una renuncia papal seguía pareciendo demasiado grave para achacarlo simplemente a que la suma de problemas de gobierno se volviera insoportable para un hombre que además de haber tenido una brillante carrera académica en su natal Alemania, tenía una trayectoria de más de 20 años al frente de la congregación más importante dentro de la Curia Romana.

Fue entonces cuando surgieron especulaciones de todo tipo sobre las posibles presiones a que podía haber estado sujeto el papa teólogo, y sobre las personalidades, tanto dentro como fuera de la Iglesia, que podrían haber querido deshacerse de él.

En efecto, la elección del Papa Francisco supuso una primera pista, pues su perfil es diametralmente opuesto al de Ratzinger. Bergoglio era un arzobispo sin demasiadas calificaciones académicas (ni siquiera pudo defender su tesis de doctorado), no era una figura reconocida a nivel global, como su predecesor, y tenía una trayectoria irregular, incluso pasó por un periodo de ostracismo al que lo sometieron sus hermanos jesuitas, debido a su deficiente gestión como provincial de la Compañía de Jesús en Argentina. Si un cardenal con esas características había llegado al solio pontificio, debía ser porque un grupo de cardenales electores muy poderoso empujó su candidatura.

Es sabido que los cardenales que entran al cónclave para la elección de un nuevo Papa están estrictamente obligados a guardar el secreto de todo lo que pase ahí, bajo pena de excomunión; pero la historia de la Iglesia también confirma que de los cónclaves siempre se acaba filtrando alguna información.

En el caso de los últimos dos cónclaves, una figura clave dentro de la política eclesiástica es la que finalmente destapó el intríngulis. El arzobispo emérito de Bruselas, Cardenal Godfried Danneels, reveló en su biografía autorizada que, desde finales de los años 90, él y un grupo de otros cardenales, entre los que se encontraban los italianos, Martini y Silvestrini; los alemanes, Kasper y Lehman, el holandés, Van Luyn y algunos otros, comenzaron a reunirse en la abadía de Sankt Gallen, en Suiza, para conspirar sobre la elección de un futuro Papa que modernizara a la Iglesia de acuerdo con sus propias ideas e intereses.

Se habrían dedicado a oponer una férrea resistencia en contra del papa Ratzinger, minando su ministerio y criticándolo abierta y sistemáticamente

Aparentemente, por sugerencia del Cardenal Martini, entonces arzobispo de Milán y también jesuita, habrían elegido a Jorge Mario Bergoglio como candidato y, de hecho, habrían logrado que, en el cónclave de 2005 –que eligió a Benedicto XVI– el cardenal arzobispo de Buenos Aires quedara en segundo lugar.

Pero dada su derrota, se habrían dedicado a oponer una férrea resistencia en contra del papa Ratzinger, minando su ministerio y criticándolo abierta y sistemáticamente, hasta el punto de haber sembrado la división al interior del colegio cardenalicio y del episcopado mundial, a través de la confrontación entre la imagen de un Benedicto XVI, al que pintaban como reaccionario y ultraconservador, mientras que se presentaban a sí mismos como los líderes de una reforma modernizadora que prometía ser el futuro de la Iglesia.

Todo indica que su triunfo habría llegado no sólo con la renuncia de Benedicto XVI, sino con la ulterior elección de Francisco, quien –de ser cierta la intriga– le debe su pontificado a la mafia de San Galo, como también se le llama al grupo.

El Papa Francisco, en efecto, ha mostrado gran deferencia hacia los miembros más connotados de la mafia: a Danneels lo nombró –por voluntad personal– miembro de los sínodos de la familia, a pesar de que rebasaba sobradamente la edad del retiro, y se negó a crear cardenal al sucesor de Danneels en la sede de Bruselas, pues había sido electo por Benedicto XVI y era bien sabido que era de una línea distinta a la de Danneels. Y con el cardenal Walter Kasper, Francisco ha sido incluso más obsequioso, pues desde su primer Ángelus como Papa no se ha detenido en hablar abiertamente de Kasper como su teólogo de cabecera.

Pero si a esa trama, digna de una novela de Dan Brown, todavía le faltara algún elemento, en los meses recientes se han dado a conocer, como parte de los documentos de wikileaks, correos electrónicos de John Podesta, asesor de Barak Obama, en los que se habla abiertamente de que el gobierno de los Estados Unidos habría tenido interés en desestabilizar a la Iglesia durante el pontificado de Benedicto XVI, con el propósito de suscitar una “primavera católica” (en referencia a los movimientos de la “primavera árabe”), y en los que se califica a la Iglesia de “dictadura medieval”, sobre todo por sus posturas en materia de género y control de la natalidad.

Coincidentemente, en sus primeros años de pontificado, el Papa Francisco parece haber respondido bien a esa agenda, insistiendo en que la Iglesia debe dejar de predicar con tanta insistencia su postura sobre anticoncepción y aborto –incluso llamando “conejas” a las madres de familias numerosas– y publicando toda una encíclica ecologista, elogiada por el propio Obama, la llamada Laudato si’.

Especulaciones y coincidencias aparte, lo que es claro es que entre la iglesia de Benedicto XVI y la de Francisco hay diferencias tan sustantivas que hoy –después de siglos– vuelve a hablarse de un posible cisma, es decir, una división formal de la Iglesia, entre quienes sostienen que las creencias y la tradición perenne del catolicismo no pueden ser modificadas, y quienes empujan una agenda de cambio, por miedo a la desaparición del catolicismo en medio del mundo posmoderno.