¿Las plantas pueden sentir? | SapiensBox

Actualmente estamos viviendo el crecimiento de la empatía por todas las formas de vida y día a día son más las personas que deciden actuar en consecuencia para protegerlas.

La mayoría de los movimientos que pugnan por la protección de los seres vivos se concentran en la defensa de los animales, ya sea en el ámbito personal, en prácticas vitales como el veganismo o en el activismo directo (desde recatar perros y gatos hasta unirse a PETA); pero también cada vez son más las voces que se pronuncian a favor de la defensa de los derechos de las plantas, asegurando que éstas merecen un trato digno; dentro de esta corriente de protección de la vegetación encontramos puntos de vista muy diferentes que, por practicidad, identificaremos como radicales, moderados y conservadores.

Para muchos, estas ideas de protección de “los derechos de las plantas” pueden parecer un absurdo y carecer de lógica y sentido común

En el extremo conservador están quienes piden que en el trato a las plantas se tenga consideración de los servicios que éstas proporcionan a otros seres vivos (no sólo los humanos), por ejemplo, proclaman que no se debe talar un árbol sin antes cerciorarse de que no hay formas de vida animal que se vean afectadas por tal acción (como un nido de aves o la madriguera de una ardilla); por su parte el bloque moderado es de la idea de que por el hecho de ser seres vivos las plantas merecen ser tratadas con respeto a su dignidad y señalan que éstas sí pueden ser aprovechadas por el ser humano para su consumo o provecho, pero que no se les debe causar daño de forma arbitraria si es que no habrá de por medio un beneficio (alimenticio, ornamental o de otra índole); finalmente quienes conforman la postura radical de este movimiento están convencidos de que, más allá de ser seres vivos, las plantas tienen la capacidad de sentir los estímulos a su alrededor e incluso pueden sufrir cuando son maltratadas y por lo tanto se debe evitar someterlas a esa clase de sensaciones negativas.

Para muchos, estas ideas de protección de “los derechos de las plantas” pueden parecer un absurdo y carecer de lógica y sentido común; sin embargo, algo hay de verdad en ello y en el ámbito científico se ha buscado determinar qué tanto es lo que las plantas pueden percibir o sentir y para ello ha surgido una interesante rama del conocimiento que se ha denominado como “neurobotánica”.

La neurobotánica ha hecho importantes aportaciones a la comprensión de la interacción de las plantas con el ambiente en que se desarrollan

De entrada, el nombre causa confusión, pues emplea el prefijo “neuro” que proviene del griego “nervio” y –como es bien sabido– las plantas no tienen nervios, neuronas, ni mucho menos un sistema nervioso central; no obstante, algunos de sus estudiosos defienden el término afirmando que el prefijo corresponde al griego “neurón” que significa “fibra” (que sí tienen las plantas) por lo que el nombre de esa ciencia es válido según ellos (¿papa o patata? Da igual).

Lo cierto es que la neurobotánica ha hecho importantes aportaciones a la comprensión de la interacción de las plantas con el ambiente en que se desarrollan y, gracias a ella, ahora sabemos mucho más de sus respuestas a estímulos y de su capacidad de adaptación; por ejemplo, se ha descubierto que además de reaccionar a factores externos (como cuando los girasoles se orientan hacia el sol), también son capaces de transmitir señales que serán captadas por otras formas de vida, lo que constituye una forma básica de comunicación; tal es el caso de algunas plantas que al ser mordidas por insectos liberan compuestos que atraen a los depredadores que comen a esos insectos1, lo que puede ayudarlas a librarse de la amenaza, al tiempo que alertan a otras plantas del peligro latente.

Aunque las plantas puedan percibir su entorno y reaccionar en consecuencia, lo cierto es que no tienen la capacidad biológica de procesar tales estímulos y convertirlos en sensaciones ni mucho menos en emociones, de manera que las plantas no sienten.

Estas y otras formas de percepción y comunicación son las que han alimentado las ideas de aquellos de postura radical que defienden la idea de que las plantas “sienten”; sin embargo, es necesario hacer la importante distinción de lo que implican los conceptos “percibir” y “sentir”; así, la reacción de las plantas se ubica en el mero campo de la percepción, en tanto que la sensibilidad es propia del reino animal, cuyos miembros somos seres “sintientes”; esto significa que, como animales, además de percibir los estímulos a nuestro alrededor, los procesamos y traducimos en sensaciones (gracias a un sistema nervioso central conformado por neuronas), que a su vez pueden derivar en sentimientos como el miedo, la ira, la alegría o la tranquilidad.

En este orden de ideas, aunque las plantas puedan percibir su entorno y reaccionar en consecuencia, lo cierto es que no tienen la capacidad biológica de procesar tales estímulos y convertirlos en sensaciones ni mucho menos en emociones, de manera que las plantas no sienten. La reacción que mencionamos de las plantas cuando un depredador las ataca pudiera ser interpretada como “miedo” a partir de las emociones que como humanos conocemos; sin embargo, aquella no es más que la reacción de activación de un mecanismo de defensa ante un estímulo negativo y no hay un razonamiento implícito de por medio.

Aunque el estado actual de la ciencia nos permite concluir que las plantas están física y biológicamente impedidas para sentir, también es cierto que no hemos llegado a la comprensión total de sus mecanismos de reacción y comunicación, por lo que no se puede descartar la posibilidad de que se sigan haciendo importantes descubrimientos en torno a la forma en que las plantas se relacionan entre ellas y con otros organismos, por lo que aún hay espacio para sorpresas.