Los diamantes son para siempre | SapiensBox

Decía Salvador Dalí que “con los recuerdos pasa como con las joyas: los falsos son los que parecen más reales”.

Decía Salvador Dalí que “con los recuerdos pasa como con las joyas: los falsos son los que parecen más reales”.

Y es cierto que, en el siglo XX, la bisutería hizo avances técnicos tan importantes que –para el ojo no entrenado– es difícil reconocer un metal precioso de uno que no lo es, o una gema auténtica de una sintética. Por esta razón, la joyería experimentó una especie de democratización que la volvió más cotidiana de lo que había sido nunca antes en la historia.

Mientras que en otros tiempos, las joyas eran totalmente inaccesibles para las clases trabajadoras, o se limitaban a pequeños regalos, usualmente vinculados con el bautismo o la boda de una persona (medallitas de oro o argollas de matrimonio, por ejemplo); en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el uso de joyas de distintos materiales, calidades, precios y diseños, comenzó a volverse común y a constituir una forma más de expresión de la individualidad o el gusto personal, tal como la moda.

Hubiera podido pensarse que, en un mercado con más bienes sustitutos, de calidad aceptable y precio muy inferior, la demanda por joyería tradicional – confeccionada con materiales preciosos y diseño clásico– hubiera podido disminuir; sin embargo, el fenómeno ha sido totalmente el contrario:

De 1945 a la fecha, el consumo de joyería y relojería fina ha crecido casi 900% en los Estados Unidos, de acuerdo con datos del Banco de St. Louis de la Reserva Federal; y a nivel mundial, la consultora internacional McKinsey & Company calcula que, a pesar del retroceso debido a la crisis económica de la década pasada, para el año 2020, el gasto mundial en joyería podría superar los 290 mil millones de dólares anuales.

Las joyas son una inversión típica, debido a que el valor de sus materiales tiende a mantenerse e incluso a crecer con el paso del tiempo

Grandes consumidores emergentes con especial gusto por la joyería fina, como China, India y Arabia Saudita explican en buena medida este repunte de la industria joyera internacional, pero lo cierto es que los mercados occidentales tradicionales como Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Rusia siguen teniendo una demanda ligeramente creciente y sostenida de joyas.

Además, las joyas son una inversión típica, debido a que el valor de metales como el oro o el platino, y de ciertas piedras preciosas, como los diamantes, las esmeraldas y los zafiros, tiende a mantenerse e incluso a crecer con el paso del tiempo. Sin embargo, las joyas no son la mejor forma de inversión posible, y requieren conocimientos técnicos que permitan al comprador evaluar la calidad, el estado y el diseño de las piezas que elige. No son, en todo caso, una inversión que genere retornos importantes en el corto plazo.

A pesar de todo, la joyería tiene una ventaja inmediata sobre otras formas de inversión, y es que las joyas –a diferencia de las acciones de una compañía o los estados de una cuenta bancaria– proporcionan una satisfacción inmediata a quienes deciden apostar por piezas que les aportan una especial experiencia estética.

A final de cuentas, esa es la razón principal por la que los seres humanos le damos tanto valor a los materiales preciosos: básicamente porque nos gustan.