Los tatuajes siempre han sido mainstream | SapiensBox

Todas las clases sociales, todas las épocas han sido aficionados al tatuaje.

Aproximadamente 1 de cada 10 mexicanos tiene algún tatuaje. De acuerdo con la agencia Parametría, el grupo de edad más tatuado está entre los 26 y los 35 años, y 33% de ellos se hizo su primer tatuaje antes de cumplir los 18.

Eso significa que en casi todas las familias y en prácticamente todos los ambientes laborales de México hay por lo menos una persona tatuada; aunque la proporción no se distribuye de manera equitativa, sino que se concentra más en algunos ambientes que en otros: por ejemplo, tan sólo en las oficinas de SapiensBox, más de 50% del equipo tiene por lo menos un tatuaje.

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Sin embargo, aún falta recorrer un buen camino antes de la plena aceptación del tatuaje en todos los ámbitos de la sociedad, pues de acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas, el 61% de los mexicanos no aceptaría rentar un cuarto de su casa a una persona tatuada.

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En todo caso, si eres de ese 61% que todavía vincula a los tatuajes con el pandillerismo, la delincuencia o la “mala vida”, tal vez deberías pensarlo mejor; podría ser que por ese prejuicio, estigmatizaras a personajes que van desde gerentes generales de grandes empresas, hasta presidentes y reyes.

Por ejemplo, Treehouse es una plataforma de capacitación y entrenamiento para equipos de trabajo, centrada en la generación de competencias tecnológicas y el desarrollo de capital humano. Su fundador y presidente, Ryan Carson, graduado con honores del programa de ciencias en la Universidad de Colorado, muestra con orgullo las mangas de tatuaje que se hizo en ambos brazos (además de tener otros tatuajes menos visibles).

En el ámbito de la política, algunos de los mejores y más apreciados líderes anglosajones han sido también portadores de interesantes tatuajes.

El vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, Teddy Roosevelt –héroe de guerra y prolífico escritor– tenía un enorme tatuaje en el pecho con su escudo de armas, consistente en un rosal con tres flores sobre un montículo de hierba. A su vez, el histórico primer ministro de la Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, Sir Winston Churchill, tenía un clásico tatuaje de ancla en el antebrazo; sorprendentemente, también su madre, Lady Randolph Churchill, tenía el tatuaje de una serpiente alrededor de la muñeca.

Entre los políticos actuales, uno de los más apreciados a nivel internacional, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, ha mostrado sin problema el tatuaje compuesto que lleva en el brazo, formado por un globo terráqueo (que fue su primer tatuaje) y circundado por un cuervo (que añadió después), diseño tradicional de la tribu Haida, nativa de Canadá.

Pero quizá lo más sorprendente es que entre la realeza europea, también se encuentran con frecuencia ejemplos de aficionados al arte del tatuaje.

El rey Eduardo VII de Inglaterra fue un gran aficionado a los tatuajes, el primero se lo hizo en su juventud, durante un viaje a Tierra Santa, donde se tatuó la Cruz de Jerusalén en el brazo. Años después, su hijo, que llegaría a convertirse en el rey Jorge V, se hizo el mismo tatuaje, también en un viaje a la Ciudad de David.

Pero entre los ejemplos más cercanos, y registrados fotográficamente, don Juan de Borbón, conde de Barcelona y abuelo del actual rey de España, tenía sendos dragones tatuados en cada brazo, recuerdo de su aventura marítima por los océanos de la India y China.

Y quizá el más prominente de todos los reyes tatuados en la historia contemporánea haya sido Federico IX de Dinamarca, que no tenía ningún pudor de mostrarse ligero de ropa para presumir su envidiable colección de tatuajes.

Con esos antecedentes, no es extraño que en el reino de Suecia nadie tenga reparos con que la esposa del príncipe Carlos Felipe, Sofía Hellqvist, sea la atractiva portadora de cuando menos un par de tatuajes: una mariposa a la altura de las costillas y un sol de estilo tribal en la parte alta de la espalda, que podía verse incluso el día de su boda.

Por lo que es evidente que, sin importar la época, la clase social o el estilo de vida, los tatuajes tienen un especial atractivo que me merece la pena reconocer e incluso celebrar.