Me acuso de haber sido machista | SapiensBox

En una sociedad machista, los hombres –inevitablemente– ejercen el machismo.

Conforme las mujeres han conseguido espacios en la vida pública, el reconocimiento de sus derechos –tantas veces negados– y que sus voces sean escuchadas cada vez más alto, siempre a fuerza de lucha y sin que nadie les regale nada, los hombres hemos tenido que ir asumiendo una postura concreta frente a los reclamos de la mitad de la humanidad que denuncia, con muy buenas razones, que nosotros hemos sido beneficiarios de privilegios arbitrarios y que ya es tiempo de equilibrar la situación.

Empieza a ser momento de que los hombres también hablemos, pero no para confrontarnos ni para opinar, sino para compartir nuestro propio proceso de toma de conciencia.

Mi postura, por lo menos desde que comencé a cobrar conciencia de los problemas de inequidad social vinculados con el género, ha sido la de escuchar lo más posible y opinar lo menos posible, consciente de que, desde mi condición de hombre, mis opiniones y perspectivas son innecesarias en un contexto en el que lo que se requiere es que las mujeres articulen y hagan valer su propia agenda.

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Pero en este contexto, desde la solidaridad con la causa por la igualdad, creo que empieza a ser momento de que los hombres también hablemos, pero no para confrontarnos con las mujeres, ni para opinar sobre su lucha, sino para compartir nuestro propio proceso de toma de conciencia.

En los últimos meses, en que los feminicidios siguen siendo la expresión más violenta de la inequidad de género, pero en los que también la violencia sexual se ha puesto en el centro de la discusión pública, parece momento de que los hombres nos autoexaminemos.

Es muy cómodo mantener la postura supuestamente “progre” de reconocer las inequidades sociales que ponen en una posición de desventaja a las mujeres, pero trasladando la responsabilidad concreta a la estructura social, y reafirmándose constantemente en la propia corrección: “yo nunca he violentado a una mujer”, “yo nunca he discriminado a una mujer”.

Hay muchas formas de violencia. Nunca hemos sido tan inocentes.

Pero como pasa con el problema de la violación sexual, en que la sociedad ha construido una imagen muy concreta de cómo se imagina que una violación es y, por lo tanto, las muchas formas en que se dan violaciones que no se ajustan a ese perfil son constantemente negadas o puestas en duda, me temo que con la violencia y la discriminación pasa algo similar.

Muchos tienen una imagen de la violencia contra las mujeres que identifica con los maridos golpeadores y las esposas de ojos morados o labios sangrantes, y así, cualquiera que no haya sido ese golpeador, fácilmente se asume como “libre de pecado” y, por lo tanto, está dispuesto a “tirar la primera piedra”: que no se nos meta a todos en el mismo saco, no todos somos iguales. Pero esa salida fácil hace que evitemos cuestionarnos acerca de las muchas formas en las que sí ejercemos violencias de género, y conforme se van diseccionando esas formas, vamos identificando que no siempre hemos sido tan inocentes.

Cuando yo estaba en secundaria, por ejemplo, era común que los niños “tortearan” (nalguearan) a las niñas, como si fuera una travesura inocente. Hoy puedo admitir que también yo llegué a hacerlo alguna vez y que ese comportamiento era absolutamente inaceptable, pero en ese contexto parecía un juego. También aprendí –porque me lo dijeron textualmente– que nunca se pide permiso para dar un beso, porque aparentemente eso mata cualquier tipo de pasión y demuestra inseguridad, y hoy puedo admitir que en más de una ocasión me permití “robar” un beso; en ese contexto, me parecía una forma de cortejo, ahora lo entiendo como un abuso del que me siento absolutamente avergonzado.

No todos somos violadores ni golpeadores de mujeres, pero es casi inevitable que en una sociedad heteropatriarcal todos hayamos ejercido de algún modo violencia.

No tengo conciencia de haber discriminado activamente a una mujer, pero sí de haber aprovechado miles de veces el hecho que las mujeres de mi entorno, tanto familiar como social, asuman –como si fuera natural– las funciones de cuidado, limpieza y trabajo doméstico en general. He sido a veces testigo mudo de circunstancias en las que una mujer ha sido tratada de manera injusta por un superior jerárquico, por el hecho de ser mujer en el ámbito laboral, y no he sabido reaccionar en esas ocasiones.

No, no todos los hombres somos violadores ni golpeadores de mujeres, pero es casi inevitable que en una sociedad estructurada de manera heteropatriarcal, todos los hombres hayamos ejercido de algún modo violencia y discriminación contra las mujeres.

Si no empezamos por admitir que no somos inocentes, es muy difícil que emprendamos realmente caminos de cambio. Así que si ustedes que me leen son hombres que se preguntan qué pueden hacer para contribuir con la lucha de las mujeres, mi sugerencia es que comiencen por examinarse a sí mismos, acerca de las formas en la que obstaculizan esa lucha, y dejen de hacerlo.