¿Para qué queremos maestros? | SapiensBox

Del maestro albañil al maestro en arquitectura: la función de enseñanza no ha sido siempre igual.

La gran ventaja evolutiva de los seres humanos es que desarrollamos la habilidad de transmitirnos conocimiento de unos a otros y de una generación a la siguiente. Esa posibilidad hace que los descubrimientos de cada individuo de nuestra especie sean susceptibles de ser expandidos, aprovechados y desarrollados por muchas más personas, lo que potencia exponencialmente nuestros alcances. Es por eso que una de las funciones más importantes al interior de nuestras sociedades es, precisamente, la de quienes se dedican específicamente a la enseñanza.

En la civilización occidental, por lo menos desde los tiempos de la antigua Grecia, se han desarrollado dos modelos de maestro: el académico y el práctico.

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Sócrates, el gran iniciador de la filosofía clásica, desarrolló un método de enseñanza propio al que llamó mayéutica (palabra que podría traducirse al lenguaje moderno como ‘obstetricia’, pero que en todo caso hace referencia a la labor de asistir en un parto). Su técnica se basaba en el uso del diálogo entre maestro y discípulo para que el alumno descubriera por sí mismo la verdad sobre los temas que estudiaba.

Con base en ese ideal de enseñanza, Platón –que fue discípulo de Sócrates– fundó su propia escuela en los jardines de Academo, fuera de las murallas de Atenas (precisamente por su ubicación, la llamó Academia). En la Academia de Platón floreció la idea una educación institucionalizada, es decir, que trascendía los límites del maestro y que constituía más bien una comunidad educativa donde los estudiantes se reunían con los profesores para intercambiar conocimiento y discutir en busca de la verdad, bajo la supervisión de un escolarca (lo que ahora llamaríamos ‘rector’) cuya función era no sólo participar del proceso educativo, sino sobre todo mantener la coherencia de la doctrina filosófica que se enseñaba en la Academia. El más célebre de los discípulos de Platón en la Academia fue Aristóteles que, a su vez, desarrolló su propio proceso de enseñanza al que llamó peripatética (‘paseo’) y fundó su propia escuela, el Liceo, que incorporó el movimiento como parte de la enseñanza.

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Sobre las bases griegas se desarrolló el sistema educativo latino que en la edad media abrió pasó a las universidades más antiguas e influyentes de Europa: Bolonia, Oxford, París o Salamanca. En las universidades, los grandes maestros alcanzaban una cátedra (literalmente un asiento fijo en el piso) desde donde impartían su enseñanza a los alumnos. En la edad media, el método preferido de los catedráticos fue más bien la escolástica, en el que la autoridad del maestro cobró un peso mucho mayor.

Eran los propios padres los que se encargaban de enseñar a sus hijos

Pero la educación académica no fue nunca (ni lo es en nuestros días) la principal forma de enseñanza. La educación práctica, es decir, la que se orienta al desarrollo de un conocimiento aplicable a una profesión concreta, siempre ha sido la forma más extendida de educación entre los seres humanos.

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Originalmente eran los propios padres los que se encargaban de enseñar a sus hijos lo que necesitarían para poder ganarse la vida. Los hijos de campesinos aprendían a labrar la tierra, los hijos de carpinteros a trabajar la madera y los hijos de comerciantes a traficar productos. Pero con el paso del tiempo las asociaciones de profesionales, llamadas ‘gremios’, comenzaron a organizarse para mantener ventajas comerciales en sus respectivas áreas de trabajo y a establecer reglas para el ejercicio de profesiones. Fue así como se desarrolló el sistema de maestro y aprendiz que podía funcionar tanto para un constructor como para un vidriero o un artesano de cualquier tipo. Incluso profesiones liberales como la medicina y el derecho, a pesar de enseñarse en las universidades, tuvieron en la edad media un componente de educación práctica muy importante (y todavía lo mantienen en alguna medida).

Hasta el siglo XX cuando la educación formal y gradual, desde el nivel básico hasta el superior, se generalizó y normalizó como proceso formativo de las masas

Todavía en nuestros días hablamos con frecuencia del ‘maestro albañil’ o del ‘maestro ebanista’ como reminiscencia de aquellos tiempos en los que un profesional experto acogía en su taller a un aprendiz para enseñarle los secretos del oficio, hasta que su discípulo pudiera presentar una creación propia, la obra maestra, que lo acreditara frente a sus pares como un miembro del gremio por derecho propio. Esas obras maestras, por cierto, también tienen su correlato en el ámbito de la educación académica: la tesis.

Pero no fue sino hasta el siglo XX cuando la educación formal y gradual, desde el nivel básico hasta el superior, se generalizó y normalizó como proceso formativo de las masas. Los maestros entonces adquirieron una función distinta, como formadores globales del individuo en distintas ciencias (sociales, naturales, matemáticas) y también en valores (civismo, religión, deportes).

Los maestros se convirtieron en un referente con enorme valor social, lo que les dio también un considerable peso político. Pero al mismo tiempo, la normalización de la educación básica hizo que la función de los maestros, a fuerza de ser extensa y de calidad muy variable, se desgastara y se volviera mecánica. Casi en ningún país (ni siquiera en el llamado “primer mundo”) se da a los maestros el reconocimiento social y económico que correspondería a semejante función, ni siquiera en el ámbito de los académicos, es decir, los profesores de educación superior.

Hoy por hoy, la función docente experimenta un nuevo proceso de adaptación para que los maestros no sean más transmisores del conocimiento, sino facilitadores de la apropiación individual del saber por parte de los estudiantes. Curiosamente, eso mismo es lo que Sócrates, Platón y Aristóteles pretendían con sus propios métodos. A final de cuentas, nihil novum sub sole [“nada nuevo bajo el sol”].