¿Por qué juego para Irak? | SapiensBox

La historia de un estadounidense que prefirió jugar para la selección de Irak.

 

Este es un extracto de un artículo escrito por Justin Meram que podrás encontrar completo en Players’ Tribune

Estaba checando mi página de Facebook cuando un mensaje llegó.

“¿Eres iraquí?”

Fue en 2013. Honestamente, al principio no sabía qué pensar. Ser hijo de padres del Medio Oriente, nacido y criado en EE.UU., y vivir en la era post 9/11 puede ser difícil, y no puedo ignorar que durante mi carrera en la MLS [Major League Soccer] algunos fans de otros equipos me han gritado “terrorista apestoso” y algunos otros insultos raciales.

Mientras miraba el mensaje, me detuve para pensar. No reconocí el nombre de quien me había escrito, Yousif Al-khafajy, pero todo indicaba que era del Medio Oriente. Por cualquiera que haya sido la razón, comencé a escribir.

“Sí soy.”

Hasta este momento, sigo preguntándome por qué respondí.

Tal vez sería una amenaza o un troll tratando de molestarme, pero para mi sorpresa, terminó siendo algo mucho mejor. Yousif era un fan de la selección de Irak y estaba buscando los nombres de todos los jugadores iraquís para pasárselos a la Federación de Futbol de Irak. Comenzó diciéndome que podría representar a la selección nacional a nivel internacional, así que leí atento.

Un día soy sólo un chico de Michigan que ama jugar futbol, y al otro estoy dando el salto a este mundo súper competitivo en el que 11 jugadores representan la esperanza de toda una nación. El asunto es que solamente sé de esa nación por anécdotas y la televisión. Jamás la había visitado.

No tardé en investigar cómo podría representar a Irak. Llamé a mis padres, abogados y a cualquiera que pudiera ayudarme.

Primero tenía que tramitar mi pasaporte. El proceso fue… complicado.

Mis padres nacieron y se criaron en Irak. Se conocieron en Michigan, donde nací. Mi mamá guardó todos sus documentos de Irak, pero mi papá no.

Sentía como si estuviera pidiendo un préstamo al banco. Escuchaba: “Ok, está todo listo”, y un mes después me decían que hacía falta otro documento. Lo conseguía y me decían que falaba algo más…

Quería rendirme. Me tomó 2 años conseguir mi pasaporte.

Jamás había estado en Medio Oriente hasta que jugué mi 1er partido con Irak en Arabia Saudita, en la Copa del Golfo 2014.

En esa época hablaba muy poco el idioma. A veces les preguntaba a los entrenadores o al equipo médico algunas frases.

Todo es muy diferente por allá. Durante mi primer año y medio con el equipo hubo muchas veces en las que el choque de culturas se volvió frustrante y abrumador.

Durante el tiempo que había estado en la selección, había jugado todos los partidos como local en estadios de otros países debido a cuestiones de seguridad. Eso cambió hace unos meses.

Fui seleccionado en octubre de 2017 para jugar un amistoso contra Kenia en Irak. Llamé a mis padres. Habían llorado cuando me vieron jugar mis primeros partidos con la selección porque les llenaba de orgullo que su hijo jugara para su país. Asumí que estarían muy felices, pero no fue así.

“No puedes ir. Es muy peligroso”, dijo mi madre.

Pensó que como católico y estadounidense tendría un blanco en mi espalda. Nunca fue por la gente iraquí sino por los grupos que no respetan a los estadounidenses.

“Tengo que ir. Es una oportunidad que probablemente no vuelva a tener.”

Sentí que sería un cobarde si no viajaba para jugar con el equipo del país al que le profesaba tanto amor.

El juego se llevó a cabo en la ciudad de Basra. Recuerdo que cuando el avión comenzó a descender vi los techos planos de los que tanto me hablaba mi madre. Esta era la primera vez que veía la belleza de Irak en persona. Me quitó el aliento.

Llevé una cámara GoPro durante todo el viaje, pero mi mano temblaba la mayoría del tiempo por la emoción, así que las fotos salieron movidas.

Esas mismas emociones se apoderaron de mí en el estadio de Basra cuando escuché el himno nacional de Irak.

De repente comprendí que era lo que me hacía falta. Lo que había estado anhelando toda mi vida.
Esa fue la primera vez que pude cantar el himno nacional rodeado de fans que viven y respiran por la selección nacional.

Ganamos ese juego 2 a 1, pero al minuto 81 salí de cambio en medio de una ovación de pie. Todavía siento escalofríos cuando pienso en ese momento, que se quedará conmigo hasta el día que muera. Ese día, la gente de Irak me dio algo indescriptible. Me sentí completo y más orgulloso que nunca.

Mientras salía del campo, no podía dejar de pensar en aquel mensaje de Facebook. La pregunta que me hicieron: “¿Eres iraquí?”, es simple, pero también es complicada.

En cuanto vi a toda la afición en el estadio, recordé la respuesta que di en 2013 y sentí que con toda la energía de mi cuerpo la grité lo suficientemente fuerte, como para que cada fan la escuchara en el estadio.

“¿Soy iraquí?”

“¡Sí lo soy!”

-Justin Meram.