¿Puede la Iglesia tener riquezas sin traicionar sus ideales? | SapiensBox

La discusión no es nueva: la hemos tenido, por lo menos, desde la Edad Media.

Muchas personas piensan en el cristianismo como una religión conservadora, tradicionalista y centrada en temas de moral sexual y familiar, pero el cristianismo no siempre estuvo tan domesticado.

Cualquiera que conozca mínimamente los evangelios recordará que en los textos sagrados cristianos hay un germen de radicalismo que, si se toma en serio, podría tener implicaciones sociales y económicas muy importantes.

Entre los siglos XII y XIV se suscitó en Europa un enfrentamiento de tipo político-religioso que tenía en el centro una pregunta: ¿Jesucristo era dueño de sus cosas o no?

Puede parecer una cuestión ridícula, pero tenía implicaciones sumamente reales para los poderes de la época, en particular, el Papado y el Sacro Imperio Romano Germánico. De por medio estaba la discusión acerca de los bienes de la Iglesia y su poder político.

Dos frailes medievales, Joaquín de Fiore y Ubertino de Casale, entre arrebatos místicos y excesos retóricos, tenían un mensaje que -aunque lejano- todavía puede resonar en los oídos de nuestro tiempo (tan obsesionado con el mundo material): la pobreza libera.


La renuncia a los bienes terrenales, Giotto.

Joaquín de Fiore era la columna vertebral del movimiento de los espirituales, y era considerado por muchos de sus contemporáneos como un profeta, a través del cual hablaba el Espíritu Santo. Su filosofía de la historia considera el tiempo de la humanidad como un desdoblamiento de la Trinidad. Pensaba que a finales del siglo XII se estaba viviendo el final de la segunda era y que se aproximaba la última etapa de la historia humana, en la que al final se impondría el desapego de todos los bienes.

Con sus ideas, de Fiore dio impulso a un movimiento que buscaba la aplicación estricta de la regla de vida de San Francisco de Asís, que mandaba a sus seguidores no tener ningún bien en propiedad y jamás aceptar dinero.


Regla de San Francisco

Aunque las doctrinas de Joaquín de Fiore fueron consideradas heterodoxas en su tiempo, murió con amplia fama de santidad y sus profecías sobre la renovación de la Iglesia y el advenimiento de una era de monjes perfectos fueron ampliamente veneradas por los franciscanos espirituales, que intentaban hacerlas realidad.

Ubertino de Casale -nacido medio siglo después de la muerte de Joaquín de Fiore- directamente consideraba estar viviendo ya tiempos apocalípticos. En su Arbor vitae crucifixae Jesuchristi habla de revelaciones según las cuales, San Francisco de Asís habría sido el ángel del sexto sello que precede a la llegada del anticristo, antes de que el triunfo del bien sobre el mal sea definitivo.

Para de Casale, la tercera era sobre la que hablaba de Fiore estaría precedida por una época en que la Iglesia se corrompiera, y sólo un grupo puro de frailes fieles a la pobreza evangélica representarían a los elegidos para la restauración del orden. Desde su perspectiva, la mundanización de los eclesiásticos era la señal clara de que la era del anticristo había llegado.

El mundo medieval experimentó entonces un verdadero furor. Por toda Italia, pero también en Alemania, Francia y prácticamente toda Europa, revueltas de fanáticos enardecidos se revelaban ocasionalmente en contra de los poderes establecidos, incluso asesinando obispos y abades, destruyendo iglesias y conventos; pero lo hacían no por odio a la religión, sino convencidos de que una purificación espiritual era necesaria.

A nivel geopolítico, tanto los reyes de Francia como los sacroemperadores romano-germánicos se habían enfrascado en una lucha política con los papas por la definición de los límites entre los poderes político y religioso.


Luis IV de Baviera

El papado, trasladado a Aviñón, se enfrentaba a una crisis de magnitudes descomunales, en la que necesitaba tanto el control sobre sus bienes económicos como mantener su prestigio espiritual.

En ese contexto, el Papa Juan XXII convocó a Ubertino de Casale y a otros franciscanos de ambos bandos a discutir sobre los temas que los dividían, y que de algún modo dividían a toda la cristiandad. El entonces emperador del Sacro Imperio Romano Germánico era Luis IV de Baviera, quien apoyaba a los espirituales e incluso había acogido bajo su protección a algunos de sus líderes, como Guillermo de Ockham o Miguel de Cesena.


Juan XXII

Ubertino de Casale fue sarcástico e inflamatorio durante las discusiones, pero sus doctrinas fueron rechazadas y se definió que la vida de los conventuales cumplía sustantivamente la regla de San Francisco. Con una sentencia declaratoria de herejía pendiendo sobre su cabeza, de Casale pidió dejar la orden franciscana e ingresar en un monasterio benedictino y huyó a Alemania, en el año de 1328, bajo la protección del Emperador, pero en ese viaje su pista se perdió para siempre, y nunca se sabrá qué pasó con él.

Dante Alighieri lo ubica en el paraíso de la Divina Comedia y Umberto Eco en la abadía de El Nombre de la Rosa. Lo cierto es que un siglo después de su misteriosa desaparición, los movimientos de los heréticos fraticelli seguían venerando su memoria, y esparciendo la idea de que había sido asesinado.

Los ideales, después de todo, son suficientemente poderosos para marcar el destino de los individuos, pero la realidad siempre termina imponiéndose. Por lo menos desde la Edad Media, la Iglesia Católica ha tenido que lidiar con un problema fundamental: no puede estar a la altura de las exigencias de sus propios textos sagrados. Con esa contradicción ha aprendido a vivir y con esa contradicción se mantiene viva, casi mil años después, cuando un Papa, por primera vez ha asumido el nombre de Francisco, y dice querer una Iglesia “pobre para los pobres”.