¡Que la Reina viva para siempre! | SapiensBox

Este 6 de febrero se cumple un aniversario más del reinado más largo en la historia de Inglaterra.

Zadok the Priest, el himno tradicional de la coronación de los reyes británicos (más conocido porque su música se usa también como himno de la Champions) dice, en su letra original: may the King live forever”, o sea, ojalá que el rey (o la reina, actualmente) viva para siempre. Isabel II, reina de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y jefa de Estado de otros 12 países, es la que más se ha acercado a cumplir con ese augurio.

A sus 91 años, ostenta el récord del monarca con el reinado más largo en la historia de Inglaterra, y cada año ese récord se hace más difícil de superar.

El 6 de febrero de 1952, la princesa Isabel estaba –junto a su esposo, el Duque de Edimburgo– en una gira por Kenya, cuando recibió la noticia de la muerte de su padre, el rey Jorge VI, y lo sucedió en el trono. Tenía 26 años de edad y un imperio colonial en proceso de desmoronarse para formar una federación de estados independientes.

A lo largo de su extenso reinado, Isabel ha visto de todo. Tan sólo la historia de su relación con cada uno de los primeros ministros que han gobernado Inglaterra bajo su reinado –de Winston Churchill a Theresa May, pasando por Margaret Thatcher o Tony Blair– la da una perspectiva única de la historia política de su país y del mundo entero. Ha visto al mundo cambiar, literalmente, frente a sus ojos, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días.

A diferencia de su tatarabuela, la Reina Victoria, que se convirtió en la “abuela de Europa”, Isabel parece tener la determinación de mantenerse hasta el final como una protagonista del escenario global. Si bien ha comenzado a delegar algunos compromisos protocolarios en su heredero, el príncipe Carlos, así como en sus nietos, los príncipes Guillermo y Enrique, lo esencial de la jefatura del Estado, como sus reuniones semanales con el gobierno, su papel como representante oficial de su país y su cuidado especial en las relaciones con los miembros de la Mancomunidad de Naciones se mantiene sin relajar el paso.

Su figura ha ido cobrando relevancia mediática en los últimos años, conforme el fantasma de los escandalosos divorcios de sus hijos y la muerte de su nuera, la princesa Diana, se ha ido apagando, y hoy, películas como The Queen o series como The Crown se han dedicado a explorar la faceta humana de la monarca, que se ha caracterizado por mantener límites clarísimos entre sus pensamientos y sentimientos personales y su responsabilidad como reina. Quizá sea la última persona en la historia del occidente que pueda hacer algo así.

En un mundo gobernado por políticos-celebridades –tanto a la izquierda como a la derecha– desde Justin Trudeau hasta Donald Trump, la reina Isabel mantiene un aura especial, dedicada a mantener la tradición y la estabilidad institucional, a costa del individuo que la encarna. Quizá eso es lo que le ha permitido asegurar cierta viabilidad al futuro de su monarquía.

En 1952 –el mismo año en que Isabel ascendió al trono británico– Faruq, el último rey de Egipto, era derrocado. En una entrevista concedida ya desde su exilio dorado –entre Italia y Mónaco– el rey destronado declaraba con desparpajo que no le importaba haber perdido su reino, puesto que en unos años sólo quedarían cinco reyes: los cuatro de la baraja y quien ocupara el trono de Inglaterra. Si bien en el mundo todavía quedan muchos otros reyes, aquél cínico egipcio parece haber tenido un diagnóstico clarividente de cómo la reina Isabel marcaría el camino a seguir para todos los monarcas que quieran conservar sus tronos en medio de la posmodernidad.