¿Quiénes son "Todos los Santos"? | SapiensBox

La Fiesta de Todos los Santos busca ser una celebración de todas las personas que vivieron sus vidas de modo heroico.

El 1 de noviembre es la Fiesta de Todos los Santos, que en México se ubica –a nivel popular– dentro del marco de las celebraciones del Día de Muertos; pero en realidad, esta fecha busca ser una celebración de todas las personas que vivieron sus vidas de modo heroico.

Es posible que cuando uno escucha hablar sobre santos, lo que venga a la mente sean exclusivamente personas vinculadas con la vida religiosa e, incluso, ni siquiera esas personas, sino sus imágenes y las prácticas devocionales que se vinculan con ellas, o hasta la relación que se ha establecido entre ellas y la búsqueda de milagros. Ciertamente, ese tipo de narrativa tiene poco qué transmitir a una sociedad mayoritariamente secular.

Pero al margen de consideraciones religiosas específicas, la idea de santidad se refiere –en última instancia– a la coherencia entre tener elevados ideales éticos y vivir integralmente conforme a ellos, incluso si por mantener esa coherencia vital se tienen que asumir costos altos, o hasta perder la propia vida. Ese tipo de coherencia, que es la más difícil de alcanzar, es a lo que las sociedades de tradición cristiana llaman santidad. Y en ese sentido, tal vez valga la pena darle otra vuelta a esta celebración.

Una de las características que tienen los santos es su ejemplaridad, el hecho de que su manera de vivir sea considerada tan virtuosa que sirva como modelo para otras personas. Eso, desde luego, no supone la perfección (que a nivel humano es imposible), pero sí exige poder reconocer en otras personas ciertas cualidades que las distingan marcadamente en sentido positivo. En cambio, para nuestra generación, lo común es el escepticismo; sabemos que cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, lo más probable es que no lo sea.

“Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo”. —G. K. Chesterton

Sin embargo, ese escepticismo puede haber derivado en una disminución de nuestros estándares acerca de la ejemplaridad, y eso sí que tiene consecuencias indeseables. Chesterton decía que “lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo”; tal vez con el tema de la santidad suceda algo parecido: quizá, lo malo de que las personas ya no estén dispuestas a creer en la ejemplaridad de otros seres humanos no es que ya no tengan ningún ejemplo a seguir, sino que estén dispuestas a seguir cualquier ejemplo.

En ese sentido, vivimos una época de santidades diluidas, ya no esperamos que los héroes de nuestra sociedad sean personas venerables; pero cierto impulso inscrito en nuestra estructura antropológica nos empuja a seguir buscando héroes y modelos a seguir.

Así, encontramos una suerte de redención, de encuentro con el sentido, en el seguimiento de tendencias culturales, de estilos de vida y de esquemas de valores vinculados con personajes de todo tipo. Para algunos, los artistas más talentosos, los líderes políticos carismáticos o –incluso– los activistas sociales, son quienes se han convertido en los santos de nuestro tiempo. Tan es así que, entre sus seguidores, esas figuras pueden volverse incluso incuestionables. Con toda razón se les llama ídolos y a sus seguidores, fans (es decir, fanáticos).

No es tan fácil deshacerse de las inercias culturales que nos conforman, tanto a nivel social como individual, pero ya que seguimos buscando santos entre nosotros (aunque los llamemos de otra forma), tal vez convenga que nos preguntemos más en serio a quién nos conviene tener como referente de vida, y promover que los haya más y mejores cada vez, no al revés.