Salario mínimo: Marx vs. AMLO | SapiensBox

El problema del trabajo no es el salario: es el empleo.

por: José Manuel Cuellar Moreno.

Trabajamos para vivir pero también vivimos para trabajar, a pesar de que una cierta voz de la conciencia nos dice que la vida no es esencialmente trabajo y que debe haber, por consiguiente, algo más allá de la jornada laboral y el dinero. Algunos creemos con firmeza que este “más allá” de cualquier transacción financiera de la vida constituye lo verdaderamente humano.

Supongamos por ahora que la vida es de hecho reducible a una jornada laboral. Enseguida nos daremos cuenta de un elemento faltante en la fórmula: el salario, porque el trabajo es ante todo trabajo asalariado. Si trabajamos es para conseguir dinero pues necesitamos dinero para vivir. El salario funciona de este modo como mediador entre el trabajo y la vida, impidiendo que el uno y la otra se identifiquen plenamente y abriendo al mismo tiempo la posibilidad del conflicto entre ambas.

Una de las propuestas económicas medulares de AMLO es el aumento al salario mínimo, que hoy no rebasa el umbral de bienestar, ¡no alcanza para comprar la canasta básica de alimentos! Este aumento al salario se impone como urgente por dos motivos:

    1) Si el trabajo asalariado no es capaz de satisfacer los requerimientos básicos de la vida, no ya humana, sino animal, el trabajo ha degenerado en una actividad sin sentido. Éste, al no garantizar la sobrevivencia del trabajador, sencillamente no tiene razón de ser en nuestro país.
    2) El desequilibrio entre la actividad productiva de los mexicanos y las necesidades de la vida pone bajo amenaza de muerte a la clase trabajadora, y junto con ella, a la industria toda, dado que ésta utiliza como materia prima a los trabajadores (me pregunto hasta qué punto la economía informal y el narcotráfico han sido una manifestación de la impotencia gubernamental para solucionar el antagonismo entre el trabajo y la vida, ¿la discusión en torno al aumento salarial no debería situarse desde ahora fuera del terreno económico pues la ciencia económica es la meta pero no el origen de esta discusión?).

El aumento al salario mínimo no resuelve el problema del trabajo

El problema del salario es sólo un síntoma a través del cual los gobernantes tendrían que abordar el problema de fondo. Digámoslo de una vez: el problema superficial es la injusticia en la distribución de la riqueza; el problema profundo, la perversión del trabajo en un trabajo forzado, tedioso e inhumano que se preocupa por satisfacer las exigencias animales de la vida pero se desentiende de las exigencias humanas de autorrealización.

Un trabajo que sacrifica la satisfacción personal y el bienestar del trabajador como individuo en aras de un mayor rendimiento monetario es ya, de entrada, un trabajo perverso que no sólo pone a las cosas por encima de las personas, sino que a las personas mismas las cosifica. La mayoría considera su trabajo una obligación. Esto se debe en buena medida a que los trabajos impiden la expresión y desarrollo de las aptitudes personales. Muy frecuentemente el trabajo significa para el trabajador renuncia y pérdida de la personalidad. El trabajador perfecto es aquél que calla y obedece, es decir, aquél que se anula a sí mismo por completo ahorrándole al patrón la penosa molestia de reprimirlo por otros medios. Citemos a Marx: “un aumento de salarios […] no sería más que la mejor remuneración de los esclavos y no devolvería, ni al trabajador ni a su trabajo, su significado y valor humanos” (Manuscritos económicos y filosóficos de 1844).

El problema del trabajo es el empleo

Concebimos al trabajo como la actividad de emplear y ser empleados, usar y ser usados, para vaciar o llenar bolsillos a ritmo vertiginoso, y alimentarnos, pero no mucho, apenas lo indispensable para seguir participando del juego de explotados y explotadores. Por si fuera poco, el trabajo asalariado, así concebido, atrofia nuestra capacidad de socialización: los otros se convierten en meros utensilios, y viceversa, uno mismo se convierte en mero utensilio para los otros. Quien vende sus productos únicamente ve en las personas a consumidores potenciales: su salud, su familia, su desenvolvimiento individual pasan a un segundo plano invisible. La persona queda de esta manera despojaao de su naturaleza creativa, tornándose en simple pasividad: simple receptáculo o bestia de carga que desconfía de los demás porque se experimenta a sí mismo en primer término como egoísta.

Con todo, no sugiero aquí la cancelación del trabajo asalariado, pero sí la apertura y ensanchamiento de un espacio en que ejercer nuestra libertad. Pongamos un ejemplo: el aumento salarial tendría que venir acompañado de una reducción efectiva de la jornada laboral. Al final del día, a quienes trabajan en México no les queda tiempo para dedicarse a sí mismos. No tienen ya tiempo de ser personas (con todo lo que esto implica: cosechar gustos, opiniones, proyectos). Aplaudo la iniciativa de aumentar el salario mínimo y aplaudo aún más que esta iniciativa apunte a un programa de reestructuración social de mayor envergadura, un “Proyecto de Nación”.

José Manuel Cuéllar Moreno es Maestro en Filosofía de la Cultura por la UNAM y en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la filosofía mexicana del siglo XX y la configuración del discurso nacionalista del PRI a través de sus ideólogos invisibles. Es autor de La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI (Ariel, 2018), y de las novelas El caso de Armando Huerta (Premio Nacional de Novela Luis Arturo Ramos, 2009) y Ciudademéxico (Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas, 2014).