Sin música, la vida sería un error | SapiensBox

La filosofía es la búsqueda de la verdad, la felicidad y la belleza, y la música es el vehículo para alcanzarlas.

“¡Qué poco basta para ser feliz! El sonido de una gaita resulta suficiente. Sin música, la vida sería un error…”

Eso dice el célebre aforismo 33 de El ocaso de los ídolos o Cómo se filosofa a martillazos; su autor, Friedrich Nietzche, una de las mentes más influyentes en la filosofía contemporánea, dedicó una buena parte de su trabajo a la investigación y a la reflexión sobre la música.

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El gozo que ofrece la música es quizá el más puro, inmediato y generoso de entre los que experimenta el ser humano.

Y es que la música representa, efectivamente, una de las formas más comunes de la felicidad. Mientras que otros tipos de placer –como el que se obtiene a partir del intercambio amoroso, o de la bacanal, o incluso del logro profesional o intelectual– exigen muchas veces enfrentar sinsabores y onerosas consecuencias, el gozo que ofrece la música es quizá el más puro, inmediato y generoso de entre los que experimenta el ser humano. Debe ser por eso que los filósofos siempre se han interesado de manera especial por la música y lo que ésta significa para la experiencia humana.

En su sentido etimológico original, la palabra música se refería a las obras que resultan de la inspiración de las musas; no sólo de Euterpe, experta en el arte de la flauta e identificada propiamente con el patronazgo de la armonía musical, sino también de todas sus hermanas, como Calíope, portadora de la lira e inspiradora de la poesía épica; Clío, musa de la historia, representada por la trompeta; o Erató, musa de la poesía lírica, a la que acompañaba con su cítara. Desde luego, no son menos musicales Terpsícore, musa de la danza y de la poesía coral; Talía, musa de la comedia y de la poesía bucólica; Polimnia, musa de los cantos sagrados; Melpómene “la melodiosa”, musa de la tragedia; y con mención especial, Urania, la musa de la astronomía, que devela las elegantes armonías de los cuerpos celestes, cuyas traslaciones –imaginaban los pitagóricos– debían producir un sonido perpetuo, al que los humanos son sordos, y sólo pueden percibirlo a través de la observación del cosmos.

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Platón, emulando a Sócrates en el Fedón, considera que la filosofía es la forma más alta de música, a pesar de no tener una musa en concreto para patrocinar a la labor filosófica, pero precisamente por eso, Sócrates incluso versifica –para el canto– algunas fábulas de Esopo, con el propósito de agradar a la divinidad que le mandaba practicar la música.

Aristóteles, en su Metafísica, expresa –haciéndose eco de los seguidores de Pitágoras– que la naturaleza más profunda de todas las cosas no se encuentra en la tierra, el aire o el fuego, sino en la matemática, que se expresa sensiblemente en las escalas musicales, puesto que “los elementos de los números eran los elementos de todos los seres existentes y que los cielos todos eran harmonía y número”.

Muchos filósofos han sido no sólo grandes teóricos musicales, sino incluso músicos por sí mismos.

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Es perfectamente comprensible, desde esa perspectiva, que la felicidad se experimente de manera especial en el deleite musical, que nos permite entrar en contacto con la esencia misma de la existencia, de modo que nos atraviese, vibre con nosotros y nos armonice con el cosmos.

La música es un vehículo perfecto para la reconexión esencial del ser humano con su sensibilidad, con el sentido de su vida y con su posibilidad de trascender. Es por eso que muchos filósofos a lo largo de la historia han sido no sólo grandes teóricos musicales, sino incluso, algunos de ellos, músicos por sí mismos.

En la antigüedad grecolatina, la música estuvo estrechamente vinculada con el teatro y la poesía, pero también con la geometría y la aritmética. Del siglo V antes de Cristo –unos años antes del nacimiento de Platón y de su Academia– se conserva, por ejemplo, un texto con notación musical que ha llegado hasta nuestros días, conocido como el Katolophyromai que corresponde al primer estásimo (una forma de coro del teatro griego) del Orestes de Eurípides. Puede observarse cómo la escala –de modo tonal lidio– se construye de modo descendente, a través de grupos de cuatro notas, llamados tretracordos.

κατολοφύρομαι, κατολοφύρομαι
ματέρος αἷμα σᾶς, ὅ σ’ ἀναβακχεύει,
ὁ μέγας ὄλβος οὐ μόνιμος ἐν βροτοῖς,
ἀνὰ δὲ λαῖφος ὥς τις ἀκάτου θοᾶς τινάξας δαίμων
κατέκλυσεν δεινῶν πόνων ὡς πόντου
λάβροις ὀλεθρίοισιν ἐν κύμασιν

Lloro, lloro
por la sangre de tu madre que te enloquece.
La gran felicidad no es duradera entre los mortales,
pues, igual que un dios sacude la vela de un barco ligero,
la inunda de terribles sufrimientos,
como en las olas del mar, tempestuosas y funestas.

Ya al inicio de la era cristiana, el mayor de los padres latinos, San Agustín de Hipona, considera que el gozo sensible que se obtiene a través de la matemática expresada en forma de sonido puede ser tanto un instrumento de elevación del ser humano hacia las realidades superiores, como una vía de depravación, dependiendo de la actitud del alma que entra en contacto con la música. De alrededor del siglo V, d.C. –época patrísitica coincidente con la vida de San Agustín– proviene, por ejemplo, el Himno de los querubines de la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo. Cantado en esta versión con el modo plagal IV, representa una derivación de las estructuras tonales griegas auténticas.

En la Edad Media, los pensadores cristianos buscaban formas musicales puras que, como dijera San Agustín, ayudaran al alma a elevarse. Una de las mentes más brillantes del siglo XI, justo al inicio del segundo milenio de la cristiandad, la abadesa Hildegarda de Bingen, gran científica, teóloga, filósofa y mística, fue también una prolífica compositora de algunas de las melodías más bellas de la historia musical del medievo.

O ignis Spiritus paracliti,
vita vite omnis creature,
sanctus es vivificando formas.

Sanctus es ungendo periculose
fractos, sanctus es tergendo
fetida vulnera…

-o-

Oh, fuego del espíritu defensor,
vida de toda criatura viviente,
eres santo que da vida a todas las formas.

Eres santo que unge a los que están dramáticamente
rotos, eres santo que limpia
las heridas infectas…

En el renacimiento, la música había logrado cierta independencia de la búsqueda estrictamente religiosa y, por eso, René Descartes, el gran filósofo, matemático y físico de la modernidad vuelve a reflexionar sobre la música, primero, con una perspectiva de corte más bien psicológico. De acuerdo con su apreciación, la música tiene la finalidad de provocar pasiones, es decir, movimientos emotivos en el ser humanos, pero en tanto los sentidos son incapaces de alcanzar la verdad, la única manera de que la música nos aproxime al conocimiento es la racionalidad en la estructura musical. La música se presenta en clave cartesiana como una ciencia de la división del tiempo y la armonía debe ser aritméticamente proporcional en sus intervalos, para ser correcta; el tritono o la falsa quinta son errores de composición inaceptables en su opinión. La música barroca es la afirmación de la racionalidad en la composición.

Una de las grandes figuras de la música barroca, padre de la ópera y gran compositor de obras tanto sacras como profanas es Claudio Monteverdi. En el prólogo de su Orfeo uno puede reconocer toda la fuerza y la expresividad de la modernidad, que nacía como recuperación del pasado, pero también como impulso para la construcción de una realidad distinta.

Ya en el cercano siglo XIX, la filosofía alemana se distinguía como la más avanzada de occidente y centró su atención de manera muy importante en la música, la cual es comprendida, más que como expresión de la racionalidad divinizada, como la síntesis del mundo “como voluntad y representación”, que diría Arthur Schopenhauer. La melodía es para él la esencia misma de la voluntad, y como esencia, es más pura y potente que cualquier otro arte, en el que sólo se reflejan las sombras de la voluntad. Wagner fue el músico-filósofo que representa ese momento del triunfo de la voluntad en la filosofía, lo que se puede oír con toda su fuerza en la escena en que Sigfrido forja a su espada, “Notung”, en el primer acto de la tercera ópera del ciclo del Anillo de los Nibelungos.

Nietzche, que en su momento fue cercano tanto a Schopenhauer como a Wagner, luego se distanció de ellos, pero siguió siendo un melómano extraordinario, y a su vez, también un compositor cabal, que da muestra de una música que se ajusta a su pensamiento, contradictorio y rompedor. Como en su melancólica balada de la Joven pescadora que refleja las incertidumbres de la vida, la tristeza del ser humano frente a una naturaleza indiferente en su belleza, y la esperanza del consuelo.

La escuela de Frankfurt, uno de los últimos grandes movimientos filosóficos, ya de la era contemporánea, a través de Theodor Adorno, considera que la música es arte del tiempo, del mismo modo que la pintura es arte del espacio, y que al igual que la pintura contemporánea ha prescindido del objeto, del mismo modo, la música contemporánea estaba orientada a prescindir del tono. La música atonal representa un rompimiento total con la tradición musical proveniente de la estructura griega clásica.

El músico austriaco Arnold Schönberg es precisamente el representante, ya en el siglo XX, de esa nueva forma de entender la música, que de algún modo pone sonido al estado actual de la filosofía.